Te quieren reaccionando: el saṃsāra moderno y la industria del enojo
- Juan

- hace 4 días
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Hoy el saṃsāra se siente más rápido.
No solo por la agenda llena o por el ruido constante, sino por la forma en que pareciera empujarnos a vivir “jalados” de un lado a otro: reaccionar, elegir bando, tomar postura, indignarnos, defender, atacar… repetir.
Como si el mundo necesitara que el dualismo nunca se apagara.
Y ese es el fraude más refinado: el saṃsāra no solo nos mantiene ocupados; nos mantiene divididos. Nos vende la ilusión de que todo se resuelve en un “sí o no”, “conmigo o contra mí”, “bueno o malo”, “los míos o los otros”. Y cuando aceptas ese marco, casi siempre el siguiente paso es el veneno: aversión. Odio. Rabia. Desprecio. La necesidad de destruir al “otro” para sentir que existes del lado correcto.
El Buda vio este fraude hace muchísimo tiempo.
No como un tema “moral” o “político”, sino como un mecanismo mental: la mente atrapada en la dualidad fabrica identidad, fabrica enemigo, fabrica ansiedad… y luego pide más combustible para sostener esa historia. En sus palabras (de mil formas distintas), el problema no era tener opiniones; era quedar poseído por ellas. Confirmar un “yo” que necesita un “otro” para seguir de pie.
Lo más inquietante es que hoy este mecanismo se ha vuelto una industria.
Política, religión, ideologías, redes, medios: todo parece diseñado para reducir la complejidad humana a un modelo estrecho donde solo caben dos botones. Y si presionas el “equivocado”, viene el castigo emocional y social. Pero hay un castigo todavía más perverso: si eliges no reaccionar en automático, si te detienes a observar, si dices “no sé”, si decides no odiar… el sistema interpreta tu pausa como traición. Te adjudica el punto de vista contrario. Te etiqueta. Te arrastra de vuelta a la pelea.
Porque la pausa rompe el hechizo.
La pausa es peligrosa para el saṃsāra.
Detenerse a mirar la mente antes de hablar, antes de repostear, antes de condenar, antes de burlarse… eso no es pasividad. Es el inicio de la libertad. No es indiferencia: es discernimiento. Es recordar que no tenemos que vivir bajo el chantaje de la reacción.
Y tal vez esa sea una práctica esencial hoy:
No permitir que el mundo te convierta en un reflejo automático.
Volver a lo que sí depende de ti: ver el surgimiento del enojo, nombrarlo, sentirlo en el cuerpo, reconocer su promesa (“si odias, te sentirás seguro”) y no comprarla. Volver al corazón sin ingenuidad. Sin negar el dolor del mundo, pero sin añadir veneno al dolor.
Que mi mente no sea una herramienta del dualismo.
Que mi palabra no sea gasolina.
Que mi atención no sea una moneda que pago para sostener el fraude.
A veces, la forma más radical de compasión es no participar en el teatro del odio. Y la forma más clara de sabiduría es recordar, una y otra vez:
El saṃsāra no solo está “afuera”.
El saṃsāra también es ese impulso de elegir enemigo para sentir identidad.
Y eso… sí se puede desactivar.











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